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Desde el olimpo de la Patria, nuestros eternos campeones
Redactado por: AdminwebLa Habana.- ESTÁ claro que el cinismo es consustancial a la lógica imperial desde tiempos inmemoriales. Pero el imperio estadounidense, el más poderoso que haya conocido la humanidad, ha hecho de lo cínico un modo ser.
Por esa sucia manera de actuar pasan sus gobernantes, quienes se han querido apoderar de Cuba, porque eso es lo que quiere ese imperio sin importarle si la formación económica social es socialista, comunista o feudalista.
Martí lo había advertido, cuando vio nacer el panamericanismo de la doctrina Monroe. «Hay que impedir a tiempo, con la independencia de Cuba, que los Estados Unidos caigan con esa fuerza más sobre los pueblos de América».
La Mayor de las Antillas logró esa independencia mucho tiempo después, en enero de 1959 y desde entonces, a base de terror y muerte, es hostigada por el gigante de la siete leguas.
Mantener a Cuba en la infame lista de países que supuestamente patrocinan o no colaboran lo suficiente contra el terrorismo no tiene sustento legal, moral ni ético. Es la expresión más aberrante, mitómana por demás, de la impotencia y del cinismo.
Es el mismo autor de esa espuria relación el que ha practicado, a fin de anexarse la fidelista isla, un verdadero terrorismo de Estado. Desde 1960, un memorando gubernamental del subsecretario de Estado, Lester Mallory, dejaba clara las intenciones de generar desabastecimiento, hambre, caos, desesperación; para que el gobierno revolucionario perdiera su ascendencia en el pueblo. Aquellas líneas estaban destinadas a matar por hambre y de cualquier otra forma, incluyendo asesinatos.
Así ocurrió con campesinos, maestros o milicianos; luego con atentados contra instalaciones, como círculos infantiles en las que las víctimas eran los niños y niñas; con centros de producción o cultivos, entre ellos el de la caña de azúcar.
En ese corredor de la muerte han empleado agentes químicos, para causar epidemias como el dengue o la fiebre porcina, y atentados contra los principales dirigentes de la Revolución.
Hoy es genocida su bloqueo económico, comercial y financiero porque es igual de terrorista esa política. Pretende ahogar a un pueblo solo porque ha escogido su propio camino, y porque si bien está dispuesto a conversar sobre las diferencias, no escogió, y tampoco es una opción, doblegarse.
El terrorismo de Estado, y el de Estados Unidos aún más, es muestra de cobardía, de suciedad y de una bajísima calaña. Claro que no tiene escrúpulos, porque los que odian, los que siembran muerte para exhibir poder pueden matar, pero están destinados al estercolero de la historia.
Hoy hace 50 años que las manos asesinas de ese terrorismo de Estado acabó con la vida de 73 personas. En menos de cinco minutos, exactamente cuatro minutos y 50 segundos, aquellas almas fueron carbonizadas, asfixiadas dentro de un avión, apenas después de su despegue, en el aeropuerto de Seawell, en Barbados.
Esas muertes pudieron evitarse. Estados Unidos y su agencia central de inteligencia (CIA) sabían que el vil y cruel atentado ocurriría.
Un estudio del investigador José Luis Méndez arroja que en junio de 1976 se reunieron en Bonao, República Dominicana, un grupo de terroristas de origen cubano representativos de organizaciones extremistas asentadas en territorio de los Estados Unidos. El coordinador de esa cita fue Orlando Bosch, prófugo entonces de la justicia estadounidense por violar la libertad condicional al ser juzgado por varios delitos, incluida la extorsión contra emigrados cubanos con el empleo de métodos terroristas.
El propósito de ese encuentro era coordinar acciones contra representaciones cubanas, su personal e intereses en países que, a pesar de las presiones, mantenían relaciones con el gobierno cubano.
Los propios documentos secretos desclasificados de la CIA la hacen responsable de la muerte de 57 cubanos 11 guayaneses y cinco norcoreanos el 6 de octubre de 1976, pues tuvo conocimiento anticipado, cuatro meses antes, de los planes que se urdían para derribar el avión y nada hicieron para evitarlo. No transmitieron una simple alerta oportuna a las autoridades cubanas.
Conocieron, también, que en una comida Luis Posada fue escuchado diciendo “vamos a atacar a un avión cubano”, y sentenció “Orlando tiene los detalles”. Ellos dos planearon la muerte aquel día, y los mercenarios Fredy Lugo y Hernán Ricardo la ejecutaron, en su papel de verdugo.
Incluso, habían orquestado siniestrar una aeronave cubana el 21 de junio de 1976, que cubriría el vuelo 467 que saldría de Panamá a las 11 y 15 minutos de la mañana.
Posada y Bosch murieron sin responder ante la justicia por sus crímenes, porque el gobierno que les pagó no solo toleró y tolera el terrorismo, sino que auspició ese y otros cobardes actos. Hasta el propio presidente estadounidense George W. H. Bush indultó a Bosch. El entonces inquilino de la Casa Blanca, cuando explotó el avión frente a las costas de Barbados, era en ese entonces, el director general de la CIA.
Entonces ¿Quién es el verdadero patrocinador del terrorismo?
Entre las víctimas del abominable crimen del 6 de octubre de 1976, estuvieron 16 deportistas, junto a sus entrenadores, técnicos y funcionarios. Aquel equipo de esgrima conquistó las ocho medallas de oro puestas en disputa en el Campeonato Centroamericano y del Caribe, celebrando en Venezuela, días antes.
Por estrategia de la Federación Cubana de ese deporte, para garantizar el relevo generacional, la mayoría eran atletas juveniles. Solo cinco tenían experiencia internacional, el resto hizo un debut dorado en su primera competencia en el extranjero.
Todavía, a 50 años, duele el abrazo que no llegó del padre al hijo; el reencuentro con sus familias, orgullosas de sus retoños por esas primeras medallas de oro; o el beso de la madre, que con dolor indescriptible se aferraba a la foto de la hija o del hijo.
«Nuestros atletas sacrificados en la flor de su vida y de sus facultades serán campeones eternos en nuestros corazones; sus medallas de oro no yacerán en el fondo del océano, se levantan ya como soles sin manchas y como símbolos en el firmamento de Cuba; ¡no alcanzarán el honor de la olimpiada, pero han ascendido para siempre al hermoso olimpo de los mártires de la patria!».
Cuba jamás los olvidará. Nancy Uranga, Leonardo Mackenzie, Virgen María Felizola, Ricardo Jesús Cabrera, José Ramón Arencibia, Julio Herrera, Ramón Infante, Enrique Figueredo del Valle, Carlos Miguel Leyva, Inés Luaces, Milagros Peláez, Cándido Muñoz, Alberto Drake, Juan Duany, Nelson Fernández Machado y José Ángel Fernández Garzón, viven en cada esfuerzo, en cada estocada, salto, carrera o lanzamiento de los deportistas cubanos en busca, igual que ellos, de la medalla de oro.
