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Salvar a oscuras

Redactado por: Adminweb
25 de octubre de 2026
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El día ha dejado atrás sus horas más agitadas y la noche entra despacio en el Centro Regional de Cirugía Neonatal del Hospital Pediátrico Octavio de la Concepción y de la Pedraja, en Holguín. Bajo la luz tenue de la sala, los recién nacidos permanecen serenos dentro de las incubadoras. Son demasiado pequeños para entender qué circunstancias los alejaron de sus madres y los trajeron a este sitio rodeado de máquinas que controlan su respiración y suministran parte de lo que necesitan para vivir.

Diana y Liliannis intercambian conversaciones breves. Vigilan el descanso de los bebés y el funcionamiento de los equipos mientras completan las notas que servirán para valorar la evolución de los pacientes. Todo parece anunciar una pausa. Entonces, como un martillo sobre la piel de una campana, se va la electricidad.

Ambas se levantan al unísono. Sus movimientos coordinados las acercan a las criaturas en medio de una oscuridad casi absoluta. Una enciende la lámpara recargable que permanece siempre en el mismo sitio. La otra abre la gaveta bajo la incubadora del pequeño Leonardo, conectado a un ventilador mecánico que acaba de detenerse, y agarra un resucitador manual tipo Ambú, silencioso e imprescindible. Comienza así una sucesión de movimientos acompasados sobre la bolsa de goma, con los que mantienen la entrada de aire en los pulmones vírgenes del niño.

Nadie puede predecir cuánto durará el apagón. Algunos calculan 30 segundos; otros, cinco minutos. Sea cual sea su duración, Diana y Liliannis permanecerán de pie frente a la incubadora, sosteniendo con sus manos el hilo de una vida que apenas comienza.

Las muchachas

Diana Rodríguez tiene 28 años y lleva ocho trabajando en el centro. Llegó como estudiante de Enfermería, durante las rotaciones del segundo año de la carrera, y entonces decidió que aquel sería su lugar. Después completó la licenciatura. Todavía recuerda la primera vez que se fue la corriente mientras atendía a un paciente crítico conectado a un ventilador mecánico.

«Yo era recién graduada», cuenta. «Estaba trabajando con otra enfermera, que había salido del cubículo un momento. En eso se fue la corriente. Recuerdo que teníamos unas sillas en el medio y no sé cómo fue que salté por encima de una».

Lo cuenta con asombro, como si todavía pudiera verse atravesando aquel pequeño obstáculo en medio de la urgencia. Le temblaban las manos y el sudor frío le recorría la frente.

«No hay una clase en la universidad que te prepare para estos casos. Es la experiencia la que te enseña. Ese momento jamás lo olvidaré. Se me ha quedado grabado para siempre».

Liliannis Carballo se graduó en 2018 y dos años después obtuvo el título de especialista en Neonatología. Tiene 32 años, habla con rapidez y cree que su trabajo exige un compromiso inequívoco con el amor.

«Hubo una ocasión en que se fue la corriente durante más de una hora y tuvimos que trasladar a uno de los pacientes hacia otra parte del hospital, donde había electricidad. Cuando se llega a este punto, todo lo que se supone que no se puede hacer —los ruidos, los movimientos, los golpes de luz— queda en un segundo plano. Salvarle la vida pasa a ocupar el centro de todo, sin mediar procedimientos alternativos», explica.

La fragilidad de los primeros días

En neonatología, el cuidado comienza por detalles que en otros lugares podrían pasar inadvertidos: una luz demasiado intensa, un ruido repentino, un movimiento brusco. Para un recién nacido, y en especial para uno prematuro, esas alteraciones pueden representar un esfuerzo adicional.

Su organismo todavía está aprendiendo a regular funciones que, con el tiempo, realizará por sí mismo. La temperatura corporal es una de ellas. Los bebés pequeños, sobre todo los prematuros, pierden calor con facilidad porque tienen una superficie corporal grande en relación con su peso, una piel más fina y reservas de grasa todavía escasas.

Por eso existe la incubadora. Mantiene un ambiente térmico controlado y permite vigilar las condiciones en que permanece el pequeño. Es una parte esencial de su atención, pero necesita electricidad para funcionar.

Cuando la corriente desaparece, el ritmo de la sala cambia. El tiempo parece condensarse en la conciencia de quienes atienden a los niños. El sudor les cubre la frente y cada segundo adquiere el peso del miedo y la responsabilidad.

Volver a empezar

Hay procedimientos que exigen paciencia, destreza y muchas horas de atención. Uno de ellos es conseguir un acceso venoso para administrar líquidos y medicamentos a un bebé cuyo estado requiere vigilancia constante. En un cuerpo tan pequeño, encontrar una vena adecuada puede resultar difícil. Las venas son diminutas y frágiles; el estado del paciente puede complicar todavía más la tarea.

A veces, el personal pasa horas de pie junto a una incubadora intentando colocar un catéter a un recién nacido con una deshidratación grave. Hay que trabajar con cuidado, encontrar el acceso, comprobar que funcione y asegurar que permita administrar los líquidos necesarios. Cada intento demanda concentración. El margen para equivocarse es mínimo.

Si después de tanto esfuerzo llega un apagón prolongado y el acceso venoso se obstruye o deja de funcionar, es necesario sustituirlo para mantener la administración de los líquidos. El trabajo vuelve al punto de partida. Hay que encontrar otra vena, preparar el material y repetir el procedimiento en un bebé que ya ha soportado horas de tensión y dolor y continúa en estado crítico.

En esta sala, el tiempo no se cuenta al ritmo de un hogar o de un centro de trabajo cualquiera. Cada segundo sin fluido eléctrico añade una montaña de preocupacioes a los profesionales de la salud y un riesgo amenazante para esa vida que todavía depende de casi todo para sostenerse.

Ciento setenta y cinco pasos

Para comprender la causa de que un apagón dure segundos o minutos hay que salir de la sala y seguir el recorrido de la electricidad hasta los equipos que garantizan el suministro alternativo del hospital.

La instalación recibe energía por dos vías, asociadas a equipos diferentes. Una dispone de un sistema automático que comienza a generar electricidad unos treinta segundos después del corte; la otra depende de la intervención manual del operario de guardia. Si la interrupción ocurre en el sector bajo su responsabilidad, la respuesta puede ser rápida: en alrededor de un minuto, el sistema alternativo puede devolver la energía a la instalación, siempre que el procedimiento transcurra sin contratiempos.

El problema adquiere otra dimensión cuando falla el sistema que debería funcionar automáticamente. La antigüedad de los equipos y su estado técnico provocan interrupciones en su funcionamiento. Si el operario no está cerca y nadie le avisa, puede tardar en enterarse de que algo ha fallado. Después debe llegar hasta el lugar, comprobar qué sucede e intervenir.

Néstor Vélez Sinta conoce bien ese recorrido. Trabaja en el hospital desde 2014 y, aunque su formación es la de técnico medio en montaje eléctrico industrial, desde 2023 ocupa la plaza de operador de los grupos electrógenos. Su experiencia en el sector eléctrico se remonta a cuatro décadas.

Entre una estación y la otra median 175 pasos. A veces, Néstor los recorre corriendo. Cuando cae el Sistema Electroenergético Nacional o colapsan por alguna razón las dos entradas de electricidad al hospital, puede tener que desplazarse de una estación a otra más de una vez para restablecer el suministro.

En momentos como esos, los 175 pasos se convierten en un tic tac que le aturde y persigue. Mientras tanto, en neonatología, las manos de Diana y Liliannis siguen comprimiendo la bolsa de goma para llevar aire a los pulmones de un niño que insiste en mantenerse con vida.

Néstor conoce la responsabilidad que entraña cada interrupción. También conoce los límites de los equipos con los que trabaja. La obsolescencia, los mecanismos que ya no responden como deberían y la necesidad de realizar operaciones manuales convierten una tarea técnica en una carrera contra el tiempo.

Para no depender exclusivamente de que alguien le alerte  de una interrupción en el servicio eléctrico, fabricó una alarma artesanal con piezas de un radio BEF. El invento le permite advertir con mayor rapidez cuándo se va la corriente y actuar en consecuencia. Una solución sencilla, nacida de la necesidad, que no sustituye las reparaciones pendientes, pero le ofrece una señal oportuna en medio de la incertidumbre.

No es una máquina nueva ni un sistema sofisticado. Son piezas recuperadas, conocimiento acumulado y la voluntad de encontrar una respuesta allí donde la escasez de recursos se interpone con la eficacia de su trabajo y la vida de los niños.

Desde lejos, la oscuridad

Desde enero de 2026, la presión de Estados Unidos sobre el suministro de combustibles a Cuba se ha intensificado. El 29 de enero, la Casa Blanca anunció medidas para imponer aranceles a las importaciones procedentes de países que vendieran o suministraran petróleo a la Isla, de forma directa o indirecta. La amenaza de sanciones añade obstáculos a las gestiones de un país que necesita comprar en el exterior buena parte del combustible que consume.

A las restricciones sobre el abastecimiento energético se suman las dificultades para adquirir piezas de repuesto, materiales y equipos necesarios en sectores esenciales. En instalaciones médicas, algunos sistemas destinados a garantizar el suministro eléctrico alternativo han tenido que ser adaptados o modificados ante la imposibilidad de conseguir determinados componentes en el mercado internacional.

También escasean recursos indispensables para la atención de los recién nacidos. Materiales gastables y productos para la alimentación parenteral, necesarios en determinados tratamientos neonatales, no se producen en Cuba y deben adquirirse fuera del país.

Washington presenta estas medidas como instrumentos para provocar un cambio político en Cuba y poner fin a lo que considera una dictadura. Sin embargo, sus consecuencias no se quedan en las estructuras del Estado. Alcanzan a las familias que pasan horas sin electricidad, a los pacientes que necesitan medicamentos y a los profesionales que deben atender una urgencia con recursos insuficientes.

En un hospital pediátrico, estas dificultades dejan de ser cifras o declaraciones. Se traducen en una incubadora que necesita energía, un ventilador que debe seguir funcionando y un recién nacido que no puede esperar a que se resuelva una operación comercial. Ante la falta de piezas de repuesto se puede prolongar la vida útil de equipos deteriorados mediante adaptaciones, pero también aumenta la complejidad de mantenerlos operativos o que estos respondan con eficiencia.

Gente de fe

El propósito de este reportaje no es profundizar en cada una de las limitaciones de la institución ni concentrar toda la mirada en el bloqueo estadounidense. Es mostrar qué sucede cuando esas dificultades se encuentran con la entrega de quienes trabajan para sostener la vida. Diana, Liliannis y Néstor son tres nombres entre los de tantos especialistas, técnicos y trabajadores que cada día encuentran maneras de crecerse ante las dificultades.

La escasez de recursos no ha limitado los conocimientos de estos profesionales ni su disposición a buscar soluciones. Al contrario, los obliga a explorar alternativas, recuperar piezas, adaptar procedimientos y poner toda su fe al servicio de una atención que no admite pausas. Esa capacidad, sin embargo, no debe confundirse con la idea de que pueden resolverlo todo sin los medios necesarios. Su entrega humana sería más útil a Cuba si algunos de los que dicen amarla dejaran de ponerle trabas al desarrollo del país.

La noche avanza sobre Holguín. En algún momento, la electricidad volverá a faltar. Néstor tendrá que escuchar la señal de su alarma artesanal, dirigirse al equipo y realizar las operaciones necesarias o recorrer los 175 pasos que lo separan de la otra estación. En la sala, Diana, Liliannis y los demás profesionales repetirán los movimientos que la experiencia ha convertido en una respuesta mecánica e inmediata.

Al amanecer, Néstor saldrá del hospital y se mezclará con la gente que espera el transporte público. Diana y Liliannis no lo conocen y pasarán a su lado, siendo parte de esa multitud anónima que resucita cada día en esta Isla de los milagros, abundante en héroes cotidianos que sin proponérselo están cambiando el destino del mundo. (Juventud Rebelde).

 

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