Seis décadas más un año. Ese es justo el tiempo que ha pasado desde el discurso de Fidel, en el entonces Teatro Charles Chaplin, el 3 de octubre de 1965. Y sus palabras, lejos de envejecer, parecen dichas para insertarse en el vórtice de los acontecimientos de hoy.
No es mera retórica. Aquel no solo fue un momento fundador, sino un punto de llegada para una Revolución muy joven, pero que ya había vivido pruebas capaces de destruirla, de no haber sido auténtica y de raíz popular.
Con la creación del Comité Central y la adopción del nombre de Partido Comunista de Cuba, se expresaba la unidad de todas las fuerzas políticas; «para qué emplear la palabra “unido”, esto ya es algo que debe sobreentenderse definitivamente», había dicho el Comandante en Jefe el día anterior, al referirse al Partido Unido de la Revolución Socialista de Cuba.
«Es necesario que el nombre de nuestro Partido diga no lo que fuimos ayer, sino lo que somos hoy y lo que seremos mañana»: esa confluencia, labrada en el respeto y la cuidadosa conducción política, daba paso a un horizonte, el comunista, que implicaba la «absoluta unión de todo el pueblo» y «los objetivos finales de nuestra Revolución».
Al igual que la palabra mambí, la de comunista se convertía en honra, en síntesis de mérito ganado limpiamente y ganas de hacer por Cuba.
En aquella jornada se anunció, también, el surgimiento del órgano oficial, en el que se concentrarían los recursos humanos y materiales de las publicaciones Hoy y Revolución: Granma, «símbolo de nuestra concepción revolucionaria y de nuestro camino».
El periódico ha acompañado, desde entonces, todas las batallas políticas de la Revolución, con la responsabilidad de ser voz fidedigna y –como asegurara el Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y Presidente de la República, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, en ocasión del aniversario 60– nave insignia del periodismo cubano, «en tiempos de plataformas multimediales y recrudecida guerra mediática».
Aquel 3 de octubre, Fidel leyó una carta que calificó como ejemplo de todo el sentimiento, sensibilidad, y pureza que se puede encerrar en el alma de un revolucionario.
El Che se despedía y dejaba una lección también de antimperialismo, honestidad y compañerismo: «En los nuevos campos de batalla llevaré la fe que me inculcaste, el espíritu revolucionario de mi pueblo, la sensación de cumplir con el más sagrado de los deberes: luchar contra el imperialismo dondequiera que esté: esto reconforta y cura con creces cualquier desgarradura».
En un contexto signado por las campañas difamatorias de la administración estadounidense, las asechanzas y amenazas de todo tipo –como ahora– Fidel concluyó así su discurso:
«No es fácil, en las complejidades de los problemas actuales y del mundo actual, mantener esa línea, mantener ese inflexible criterio, mantener esa inflexible independencia. ¡Pero nosotros la mantendremos! Esta Revolución no se importó de ninguna parte, es un producto genuino de este país, ¡nadie nos dijo cómo teníamos que hacerla, y la hemos hecho!; ¡nadie nos tendrá que decir cómo la seguiremos haciendo, y la seguiremos haciendo! ¡Hemos aprendido a escribir la historia, y la continuaremos escribiendo! Eso que no lo dude nadie».
La determinación sigue intacta. (Periódico Granma)
