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Los mártires de Barbados viven en la obra de sus hijos

Redactado por: Adminweb
6 de octubre de 2026
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La Habana.- A CARLOS Manuel, a Haymel, a Margarita, al Tin le abortaron los besos y los abrazos de papá; a José María le arrebataron la sonrisa de su hija y Martha tuvo que terminar sola los preparativos del primer cumpleaños de su pequeño.

Carlitos, con solo 14 años, la misma edad que Haymel y Margarita, y el Tin con 16, estaban orgullosos. En la tarde del 6 de octubre de 1976 Permuy, el entrenador, y Villito Morales, el comisionado técnico de la laureada delegación de esgrima, llegarían a casa con las ocho medallas de oro puestas en disputa en el Campeonato Centroamericano y del Caribe, celebrado en Venezuela días antes.

Carlitos y Margarita, sus hijos, estaban felices de esas noticias y alegres por el regreso; Miguel Espinosa Cabrera y Carlos Cremata Trujillo, los papás de Haymel y del Tin, sentían el inmenso orgullo de trasladar, en la aeronave de Cubana de Aviación, tan preciado botín.

José María Uranga no sabía ese día que su hija de 22 años le traía un regalo. Casi seguro sería abuelo, por los criterios médicos, faltaba el resultado oficial; y Martha soñaba con que Julio Herrera, su esposo, hiciera la piñata de su bebé.

A las 12 y 23 del mediodía, 54 minutos después de despegar de Barbados, una bomba en el avión paralizó los corazones de 57 cubanos, 11 guyaneses y cinco norcoreanos. Una segunda explosión terminó por carbonizar y asfixiar la humanidad de aquel DC-8.

Antes de las 12 y 30 de la tarde, en tan solo cuatro minutos y 54 segundos, el amor, los sueños y la vida se sumergieron frente a las caribeñas aguas que bañan las costas barbadenses.

Fueron las manos crueles de la CIA, del Gobierno de Estados Unidos y de sus asalariados quienes asesinaron a esas 73 almas. Fueron hallados los culpables, Hernán Ricardo y Freddy Lugo, los verdugos; pero también los organizadores, Luis Posada Carriles y Orlando Bosch.

Pero la justicia estadounidense toleró el terrorismo de Estado, porque se conocían estas y otras intenciones macabras, que costaron también valiosas vidas de cubanas y cubanos, incluyendo niños y niñas.

Téngase en cuenta que el gobierno que acusa a Cuba de país patrocinador del terrorismo es, justamente, el terrorista mayor.

Por actos terroristas cometidos por el gobierno de Estados Unidos o perpetrados desde ese país a lo largo de seis décadas murieron 3 478 cubanos, y otros 2 099 sufrieron alguna discapacidad. Detrás de cada número hay familias que sufren

De aquel miércoles 6 de octubre, apenas ocho cadáveres se pudieron recuperar e identificar a partir de técnicas forenses porque estaban muy fragmentados. Solo el cuerpo de la niña guayanesa de nueve años “emergió casi completo, como un dedo acusador” del crimen, testificó entonces el criminalista Enrique Herrera, quien participó en la investigación del acto terrorista y explicó el horrendo episodio que vivieron las víctimas.

Cómo ayer, hoy ese terrorismo de Estado continúa sin recibir el poder de la justicia. Ahora se presenta con su genocida traje de bloqueo económico, comercial y financiero; con cerco energético y bandos fascistas llenos de medidas para ahogar, o literalmente matar por hambre y desasosiego.

Frente a Barbados el imperialismo mató porque no soportaba, ni hoy tampoco, que Cuba venciera; que a ella vinieran jóvenes a estudiar Medicina, como los guyaneses, o que ya tuviera una flota aérea para cruzar los cielos con la dignidad que brota de la tierra de la Mayor de las Antillas.

Tampoco la lógica imperial toleraba, ni tolera, que la pequeña Isla no solo daba campeones en un deporte que era coto cerrado de la aristocracia habanera antes del 1ro. de enero de 1959, sino que ellos mismos tenían ya otros horizontes.

Nancy, la hija de José María, estudiaba Biología; Ricardo Jesús Cabrera Fuentes arquitectura, y José Ramón Arencibia era un enamorado de la poesía.

La mayoría de los esgrimistas eran juveniles, y nueve encaraban, en un torneo de mayores, la responsabilidad de representar a su país por primera vez. Solo Nancy Uranga, quien compitió en los Juegos Olímpicos de Montreal ese año; el floretista Leonardo Mackenzie Grant, y los espadistas Ramón Infante, Ricardo Jesús Cabrera Fuentes y José Ramón Arencibia Arredondo, quienes ya habían participado en Juegos Panamericanos, contaban con experiencia competitiva fuera del país.

En una de sus selectas crónicas, Osvaldo Rojas Garay describe a la comitiva de 16 esgrimistas con 21 años de edad como promedio. El más experimentado era Ramón Infante, con 27 cumpleaños celebrados; la más joven, Virgen María Felizola, quien tenía 17, y siete no habían cumplido todavía los 20.

Fue esa juventud la que el imperio no quería que creciera, la que no quería que le tributara sus mejores virtudes a su Patria. El Crimen de Barbados fue un acto cruel y cobarde. Todavía hoy, 50 años después, el dolor continúa multiplicándose; aún este pueblo enérgico y viril llora, para que la injusticia siga temblando.

Así le dijo Fidel a Cuba y al mundo en aquel octubre, el mismo mes en el que antes habíamos perdido al Comandante Camilo Cienfuegos y al Che Guevara; pero también el mismo que el día 10 hizo que viviéramos hasta hoy una única Revolución, y es el mismo mes en que entonamos por primera vez, el día 20, el himno de Bayamo, que nos convoca al combate, porque morir por la Patria es vivir.

Los hijos y las hijas de los Mártires de Barbados crecieron  al calor de esa hidalguía y del ejemplo de sus padres, a quienes no dejaron morir.

Nos quedamos con una frase de Carlos Alberto Cremata Malberti, el Tin, director de La Colmenita, esa ágora inagotable de creación infantil, porque en ella viven por siempre los que el imperio pretendió matar hace 50 años. «Muchas veces he pensado que mi papá debía ser el director de La Colmenita y no yo”. (JIT)

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