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Los versos, una mirada, las respuestas
Redactado por: AdminwebApenas reiniciaba la guerra de independencia. Era 1895 y en los campos de Matanzas también hervía la insurgencia. Por eso Domingo Mujica aparecía como el chance perfecto de escarmentar a una población cada vez más agitada y cubana.
Mujica era mambí y muy joven, natural de Jovellanos; muy cerca de allí lo habían atrapado las tropas españolas, tras un enfrentamiento. Un consejo de guerra improvisado dictó la pena de muerte. Hubo solicitudes civiles y religiosas. La madre, en la cumbre de la desesperación, se entrevistó con el capitán general Arsenio Martínez Campos. Todo fue infructuoso.
Domingo sería fusilado, y el primer mártir de la contienda del 95. En el Castillo de San Severino, donde le tenían preso, hablaron por última vez la madre y el hijo, ambos negados a que se les viera suplicar en el instante final; un oficial español, de origen puertorriqueño, le desató las manos bajo su responsabilidad, para que no enfrentara la muerte maniatado.
Poco después del amanecer, el 20 de agosto, le ejecutan. A distancia, muchos matanceros siguen el fusilamiento, dominados por la furia, el temor y la impotencia. Entre los que ese día sienten que no les cabe el desasosiego en el cuerpo, está un poeta y periodista: Bonifacio Byrne.
Lo cuenta su biógrafo, Urbano Martínez Carmenate, Byrne no hallará algo de paz hasta que en la noche logre escribir su soneto a Mujica:
Murió de cara al mar aquel valiente, / bañado por la luz de la alborada, / noble, serena y firme la mirada, / tranquilo el corazón, alta la frente.
Cerca, la muchedumbre indiferente / para ver aquel crimen congregada, / mejor hubiera estado arrodillada, / que es la actitud que cuadra al impotente.
¡Murió de cara al mar, en hora impía / y no rugió de rabia el océano / ni en noche eterna convirtióse el día!
Murió con el valor de un espartano, / mientras la Libertad le sonreía / señalándole el cielo con la mano.
Un poema como ese hubiera lanzado a su autor, sin ningún miramiento, tras los anchos muros del San Severino. A pesar de las muchas recomendaciones de no hacer copias, los versos pasaron entre personas de confianza, luego eran de dominio de toda Matanzas, hasta llegar a otras ciudades y a los campamentos mambises.
Una noche, los dos cuartetos del poema aparecieron escritos con lápiz en la pared de la casa del gobernador civil de la «pacífica» Atenas de Cuba. Un amigo de Byrne, para protegerlo, los borró con una esponja mojada. Pero eran palabras muy poderosas ya, la advertencia no tardó en llegar al poeta: sabían que él había escrito la composición incendiaria, mejor que se fuera.
Bonifacio entendió que no le quedaba mucha libertad de movimiento, sus artículos periodísticos no gustaban tampoco a las autoridades españolas. El exilio fue el camino para salvarse, y a su esposa y numerosos hijos.
En 1899, al volver, no sería un regreso del todo feliz. No estaban en el poder los asesinos del muchacho Mujica, pero tampoco su bandera ondeaba única; y Byrne escribiría otro texto antológico: Con la fe de las almas austeras / Hoy sostengo con honda energía / Que no deben flotar dos banderas / Donde basta con una: ¡la mía!
La República iba a nacer a la sombra del escamoteo de la victoria a sus verdaderos artífices. En 1952 se cumplía su cincuentenario, y justo ese 20 de mayo, murió el primer mártir de la lucha contra la tiranía de Batista; como lo aseguró el historiador Mario Mencía, en su libro El Moncada, la respuesta necesaria.
Sergio Reino Reyna era también un muchacho, de apenas 17 años, que vivía en el central Francisco, al sur de Camagüey. En el acto que celebraba la fecha recitaba estrofas de Martí. Pero un teniente lo escuchó, y le pareció que la palabra del Apóstol era demasiado irreverente, así que empezó a golpear a Sergio.
La multitud se enardeció. Un soldado, quizá temeroso de un estallido popular o ansioso de demostrar el poderío de su casta, sacó la pistola y disparó sobre el joven. El pánico se enseñoreó, la gente corrió entre alaridos. La familia debió recoger el cuerpo de su hijo sobre un charco enorme de sangre, lo único que quedó de la «celebración» en el central.
Son los Mismos denunció el crimen el 2 de junio; el periódico clandestino tenía entre sus redactores a Abel Santamaría, Jesús Montané Oropesa; Jesús Orta Ruiz, el Indio Naborí… y lo dirigía un poeta: Raúl Gómez García; él, apenas un año después, vísperas del asalto al Moncada –donde sus torturadores lo convertirían en una masa irreconocible de sangre, carne y huesos– escribió otros versos eternos: En nuestra sangre hierve el hado azaroso / De las generaciones que todo lo brindaron, / En nuestros brazos se alzan los sueños clamorosos / Que vibran en el alma superior del cubano. / Ya estamos en combate…
¿Qué dolor de la Patria no ha reflejado el arte? ¿Cuántos no han buscado la poesía –esa que vive en la idea del bien y la justicia– y la han encontrado no solo en la obra artística, sino también en el darse a su gente, y han dado hasta la vida? ¿Cómo contar la historia de Cuba sin que un hecho artístico no surja como sostén de la nación, como arma infalible contra los enemigos de la Isla?
Ahí, entre esos vericuetos de sacrificios y belleza, de originalidad bravía, debe buscarse qué es la cultura cubana; y la respuesta a por qué debemos mirarla a los ojos siempre, si de ser independientes y soberanos se trata. (Granma).
